en Personal • 08/09/2011
Cada pocos meses actualizo esta web con todos los dibujos que voy publicando en mi perfil de Facebook: Iván Solbes, ilustrador. Si lo sigues podrás estar mucho más al día de todos mis trabajos.
Aquí está lo hecho en el último año:
Murallas de arena frente al mar, el juego de los niños en la playa.
La marea sube, las olas lo van cubriendo todo y nosotros no paramos de excavar, amontonar arena, apelmazarla y darle forma de muralla. Un aspecto firme, que impone, da confianza al que se resguarda tras él. Nos sentimos seguros al otro lado mientras el mar lo cubre todo, y como somos niños llegamos a creer que seremos los únicos de toda la playa que resistirán sin retroceder un milímetro.
El juego termina en breve, bastan tres olas para acabar con todo o que habíamos construído con la arena de nuestra imaginación. Aún quedan muchas vacaciones y mucha fantasía para volver a intentarlo.
Montañas de cabezas vacías, pieles sin carne, patas y antenas sueltas. Pasamos la tarde desarmando gambas, con paciencia, diseccionando, separando todas las piececitas con mucho cuidado para quedamos con lo mejor que tienen. En su interior guardan un recuerdo, un poco de mar, se lo vamos a arrebtar para disfrutarlo y revivir por unos instantes el día que pasamos en la playa. El recuerdo es muy breve, por eso no hemos terminado con una y ya estamos pelando la siguiente, no podemos parar.
Eso sí, con mucho cuidado y paciencia, el recuerdo es frágil, insignificante, se perdería con cualquier movimiento poco delicado.
Agosto. La marea baja, el cielo y el suelo son lo mismo, el día se acaba. Una maravillosa playa de Huelva de nombre nada poético. Buen momento para observar lo que el mar oculta durante el día: una alfombra infinita de conchas y caracolas, casi todas rotas. Una vajilla eterna hecha pedazos que desde siempre el mar barrió hacia la playa.
Nunca podremos verla al completo, sólo piececitas y fragmentos irreconocibles.
La gente busca los pedazos menos deteriorados y se los lleva a su casa para recordar esta vajilla que nunca existió pero que siempre estará presente en nuestros sueños y forma parte de nuestras esperanzas.
Días enteros navegando por el mar de dunas. Cada mañana comienza una nueva travesía que dura hasta que se pone el sol. Juntos avanzamos por un océano de millas imaginarias. Al final de la jornada volvemos a tierra firme cansados del viaje pero deseando volver. Quedan muchos mares por descubrir.
Estamos haciendo planes. No perdemos el tiempo. Otra mañana en la playa, tumbados y trazando líneas en la arena. Podría parecer que no hacemos nada, que descansamos y dejamos pasar el día sin más. Es lo suyo, estamos de vacaciones. Nosotros mismos no nos damos cuenta pero estamos haciendo planes y tomando grandes decisiones.
mpezando otoño, noticias del verano, las últimas. Un día me bañé y vi peces. Por unos instantes imaginé que esos peces y yo tenemos mucho que ver. Existe una red invisible y misteriosa que nos mantiene en conexión permanente. Jugué a ser pez por un ratito, pero sólo era eso, un juego. Al día siguiente volvimos a Madrid y las vacaciones se acabaron. A ver qué se me ocurre dibujar ahora...
Lo compartimos todo. La conexión es sanguínea y visceral, no sé dónde acabo yo y empieza él, mi riñón es suyo y mío su hígado, nuestros corazones bombean juntos, mi sangre es para ti y tu bilis me pertenece. La red se extiende, pensamos que somos unos pocos pero hay ramificaciones por todos lados. Le pasaremos nuestra sangre sucia a un desconocido y un día nos intoxicará un desconocido. Tenerlo en cuenta, sólo era eso...
Camino del color turquesa, el color más bonito del mundo. Los colores son como las personas, se iluminan, florecen y dan lo mejor que tienen si a su lado les acompaña el matiz justo, la tinta exacta con la que salen maravillas que tenemos dentro y cuya existencia desconocemos. El turquesa con el celeste de las cimas, el verde que se extiende por las laderas, se tiñe de naranja y ocre hasta que el granate del otoño inunda el valle. El camino del color turquesa es largo. Poco a poco, hay que tener paciencia, conocer todos los colores y sin pensar demasiado en el ansiado final. Pensar menos y mirar más.
Camino del color turquesa, el color más bonito del mundo. Amanecimos en Hungría con una riada roja, ennegrecida y tóxica que acabó con los ocres del otoño. Pensábamos que el camino del turquesa era un alegre paseo recorriendo toda la gama cromática por el valle pero no, nada que ver, todo lo contrario. Hay que armarse de paciencia, valor, tomar fuerzas y empezar otra vez limpiando esos colores llenos de contaminación. Y de vez en cuando pensar en los que nos aguardan allá lejos.
La marea tóxica de fango rojo atravesó mi casa ensuciándolo todo. No perdonó ni un rincón, ni un mueble. Entró por una ventana que dejé abierta y salió por la puerta principal. Ahora tengo toda la vida teñida de ese matiz sucio y rojizo. Me espera una dura tarea, poco a poco tengo que limpiar paredes, muebles, cortinas... absolutamente todo.
Pero fui precavido. Las cajas que contenían lo verdaderamente importante estaban encima del armario y se han salvado. Y los colores siguen tan vivos como siempre.
Segundo otoño del diario.
Ando pensando, miro andando, pienso mirando y vuelo pensando. Pisando oro puro y perdido en un laberinto de ramas.
Otoño en París.
Paseos en línea recta por París. Grandes bulevares, peluquerías para árboles, ni un trasquilón en sus ramas.
Maldición, canguros entre los árboles.
Canguros en París, os lo prometo.
Otoño con canguros, lo que me faltaba...
llevaba un mes guardando el secreto. Los árboles parisinos, ahí donde los ves tan elegantes y bien peinados, esconden y dan refugio a manadas de canguros.
Viernes por la mañana, alegre y soleada Gran Vía. H&M. Al fondo, al lado de la caja, el pozo oscuro de las mil manos. Están de oferta, por cinco euros salve de esta prisión a un par de manitas.
Eternamente agradecidas, desde este mediodía hasta la primavera que viene, los tres juntos.
Corra la voz, confiamos en su solidaridad. Miles de manos azules olvidadas en un siniestro pozo, una imagen que conmueve a cualquiera con un mínimo de humanidad.
Todas las mañanas: disciplina militar en mi casa, salgo a navegar. Nada tiene que fallar, el comienzo de la travesía tiene que ser espectacular. Jabón suave, champú especial, zumo de naranja y tostadas con aguacate y sal.
Soy marinero raso, una condecoración y poco más. Café con leche y a la mar. Esta noche, al volver a puerto, se verá.
Hoy bien, menos mal.
Qué bueno es navegar. Anchos son los días, a toda vela los recorremos, no hay que dejar ni un resquicio sin explorar. Si el desayuno es importante, la hora del almuerzo uno de nuestros pilares del bienestar. El día está revuelto, hay que cocinar y sostener la vajilla a la vez. Cuanto más altas las torres son más peligro hay de que se vengan abajo. Crema de calabaza naranja, vigila que no se queme. Platos turquesas, ¡que se caen!
Que se entere todo el mundo: las momias, por dentro, están vacías. Son polvo y carroña reseca, no hay nada más. Debajo de los vendajes milenarios, carcomidos, descoloridos y apolillados no hay nada de nada. Todo es presencia y leyendas, se impusieron por medio del miedo y la superstición, gobernaron por siglos. Pero por suerte cada vez son más los que se están dando cuenta del inmenso fraude y corren detrás de ellas para agarrar uno de los muchos jirones que cuelgan de lo que fue su cuerpo y tirar con fuerza para deshacerlos.
Las momias se desmoronan y su polvo, trapos y restos de lo que fue un cuerpo se mezclan con la arena del desierto. Desaparecen para siempre.
El sábado fuímos a una fiesta, ¿te acuerdas? de todo no, mejor así. Tomabas cervezas, y en El Cairo tomaban las calles. Cuando se acabaron las latas y los litros atacaste la Ginebra y ellos los tesoros de Tutankamón. Bien entrada la madrugada ambos escenarios eran desoladores. Heridos por las calles, personajes hablando solos en el salón, saqueos de comercios allí y de copas abandonadas aquí. Una pareja, sobre un suelo mojado y sucio, bailan desquiciados.
Se acaba nuestra fiesta y continúa la de Egipto.
El último cigarro de la fiesta. La última persona con el último paquete, después se acabó, nada volverá a ser igual. Los hielos son escarcha en un tazón, encontrar tónica es misión imposible y te bebiste la última copa abandonada. Cuesta hacerse a la idea, sí, pero hay que pensar en irse. Lo has pasado de maravilla, mañana te reirás recordando los mejores momentos pero justo ahora tienes que hacer lo que menos te apetece, ponerte el abrigo y desaparcer de aquí. El último cigarro, el último bote de humo, si aguantáis un poco más el picor del gas lacrimógeno el rey de la fiesta se dará cuenta de que sobra en esta casa y se irá a dormir la mona a otro sitio.
Noche cerrada, cielo estrellado, estrellas de piedra. Constelaciones efímeras de un instante. Dos inmensos ejércitos, miles de soldados que juegan a la astrología. Toda la noche por delante, miles de galaxias que pasarán sin pena ni gloria.
Mala señal es cuando las ilusiones se tiran al suelo y las piedras al cielo.
Lunes a las 6:40 de la mañana.
Dormidos y despiertos, a diez mil metros de altura, justo encima de París. En medio de un sueño la línea roja del horizonte nos avisa que está amaneciendo.
Diez mil metros hacia abajo hay un bosque, allí se esconde el secreto mejor guardado de París. También es tu secreto, tanto que ni tú lo conoces. En medio de la ciudad, entre los árboles, en un prado, los canguros parisinos viven felices. Yo los descubrí el año pasado y siempre que vuelvo les hago una visita. Quiero que me cuenten mi secreto, pero ellos son muy escurridizos y caprichosos, hay que tener mucha paciencia. Me miran y sonríen, igual que yo sonrío al ver París desde la estratosfera, conozco su secreto más oculto, tanto que ni él mismo sabe de su existencia.
El sol se pone, hora de irse a la cama.
Esta noche dormiremos al lado del tanque. Vamos a rodearlo con nuestro sueño, nuestra única arma, la última estrategia. Pasaremos la noche bien pegados a sus ruedas y engranajes. Frente a su blindaje, sus ametralladoras de gran calibre y su moderna tecnología estamos indefensos, no somos nada, apenas carne, sangre y huesos. Por eso no pretenemos plantarle cara ni empezar una batalla, todo lo contrario, simplemente lo rodearemos y dormiremos todos juntos bien pegaditos a él. Va a ser un sueño muy profundo y reparador, mañana será un gran día, mil veces mejor que hoy, y el tanque nos protegerá de cualquier peligro.
La pasada marugada. Un mar de plástico transparente para descansar y protegerse de las inclemencias del tiempo y del resto del mundo. Un sistema de cuevas, de nichos en las que cada persona duerme, sueña y guarda todas sus esperanzas concentradas. Somos un océano de lucecitas, de neuronas que parpadean en la noche eterna que no parece acabar nunca. No tenemos nada que esconder, no conspiramos ni traicionamos, por eso la finísima película que nos separa del resto del mundo es transparente. Solo queremos que amanezca de una vez por todas.
Después de la madrugada se acaba la noche del mal dormir. Atrás queda la oscuridad, el mar de sábanas revueltas, oscuras, tenebrosas, que rompen en olas y caen en un abismo más oscuro todavía. Así son las noches del mal dormir, una travesía interminable en medio de la tempestad que acaba cuando al despertador le da la gana. Los primeros rayos de luz iluminan el azul, que pasa de negro siniestro a turquesa, cesan las olas y todo se vuelve más amable. Fin de la travesía, esperemos que la próxima sea más tranquila.
De visita al museo. Quiso pasar a ver la sala de los tesoros, justo al final del recorrido. Pero era tarde, se acercaba la hora de cierre, aun así se dispuso a entrar en la sala, no tenía sentido visitar el museo sin contemplar sus maravillas más preciadas y mejor guardadas. Un vigilante le cortó el paso con un fuerte abrazo. Ella lo agradecío y quiso seguir su camino. Por la puerta se entreveían los brillos y resplandores de los tesoros, y él la abrazaba y besaba con cariño, y cuanto más insistía en pasar, más fuertes y apasionados eran los abrazos que recibía. Quizás había afecto de verdad, o tal vez era una sutil estrategia para impedir a toda costa que llegara a contemplarlos ... nunca llegó a saberlo, él tampoco.
Todos viajamos con nuestra propia maleta. Siempre con nosotros, la maleta de nuestra vida.
Esta mañana, temprano, prosigue la travesía del desierto, buscando la frontera más cercana que nos haga salir de un país hostil y peligroso. Ingenuos de nosotros, trazando líneas rectas en el suelo, calculando distancias, contando días, litros, semanas o monedas, acumulando cifras para hacer cálculos inútiles. De nada nos servirá, ni las fronteras, ni los días, ni los metros y ni los euros existen, sólo tú y tu maleta.
Banderas bien altas. ¿Para qué? para que ondeen al viento y para que las vea todo el mundo, desde bien lejos. Y sobre todo, para que no toquen la tierra, que no se contaminen de la basura inmunda que es este barrizal putrefacto, aquí a ras de suelo. Y ahora más que nunca.
Por eso, en medio de nuestro viaje, dejamos a un lado nuestro equipaje y los pocos que tienen fuerzas trepan por los postes y arrancan las banderas. Que caigan al suelo y se impregnen bien de la esencia del país que representan. Y sobre todo, respirar un poco de aire fresco, atisbar algo de cielo azul limpio de arena y al bajar dar esperanzas a los que esperan impacientes alguna buena noticia.
El rapidito del lunes: poco que contar, poco que colorear. El naranja del zumo sí, porque es lo más quiero por las mañanas. Empezar el día con el color naranja, todo un lujo. Eso sí, quien algo quiere algo le cuesta.
El dibujo un poco exagerado sí, es que me he puesto un poco samurai.
Después del zumo naranja, sentarse y relajarse. Albornoz azul con infinitas arrugas. Arrugas amables y cariñosas que nos envuelven, nos rodean, nos secan, nos quieren y nos protegen. Tenemos que estudiar el papel, en breve actuamos, hay que salir a escena. Porque por si no lo sabías, cada día es un estreno. Una comedia, una tragedia o lo que tenga que ser, pero hay que aprenderse bien el papel, no es plan de cagarla el primer día. Todos los días estrenas obra, ¿os es que no lo sabías? los momentos previos, en tu camerino, son claves. Cuida todos los detalles bien, la función depende de ello.
Más tarde, en la cocina, en medio de la corriente, antes de correr a cerrar la ventana, la famosa escena de la tostada con guacamole y la anchoa. El viento acaricia mil arrugas del albornoz mientras la anchoa se tumba en el centro de la tostada con una precisión milimétrica, fruto de la experiencia que da tantas funciones a lo largo de innumerables temporadas. La anchoa en medio del vendaval, un pedacito de mar en medio de un oleaje 100% algodón.
Que no falte el café de la mañana. Pero más que el café, la nube de café, su aroma, felicidad y otimismo guardados en el corazón del café, convertidos en vapor y esparcidos por la atmósfera del salón, dentro de nuestros pulmones y de ahí, a la velocidad de la luz, directos a la memoria y los buenos recuerdos que todos guardamos y que a veces no recordamos a menos que haya una nube de buen café cerca.
Hace unos días, por la mañana,
terremotos a gran profundad provocaron tsunamis en la superficie. Además el aumento de la presión interior amenaza con romper todos los sellos y todas las barreras, desbordarse y contaminar todo lo que esté a su alcance. Ni el aroma del café puede contenerlo.
Los acontecimientos se suceden a una velocidad de vértigo.
Todo lo que jamás ocurriría, lo que bajo ningún concepto podía llegar a pasar, está ya a la vuelta de la esquina. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Dónde están los responsables, dónde se esconden los que hasta ahora negaban este desenlace? Una mascarilla y lavarme las manos cuando llego a casa, eso es lo único que puedo hacer, y dudo que sirva para algo.
Retomando el diario, desorientación total, perdí el hilo conductor y no sé dónde dejé el cable por el que recibía los dictados. Yo siempre recibo órdenes y obedezco. Estoy bajo jurisdicción militar.
Sintonizando imágenes. En breve hay una feria y estamos en el mes de abril, debe de ser eso. Mañana espero que más y más claro.
La primavera dura un suspiro en Madrid.
Después de almorzar nos tomamos un café en la calle Alcalá. Un cortado con hielo para mí, un café descafeinado con leche desnatada para él. Se ríe de un moderno que tengo a mis espaldas, de lo feo que es. Es feo y moderno, pero va con una chica bien guapa, le digo más tarde. Café con hielo, descafeinado, desnatado... días descafeinados, desnatados y un poco helados sobre la parrilla de granito que cubre todo el suelo del centro de la ciudad. Necesito uno bien cargadito y espeso.
Mensaje breve. Todo bien por aquí. No me llamen náufrago porque yo mismo me inventé este islote. Me pillan justo pintando un buen pedazo de océano. No me rescaten, no me devuelvan a la civilización, hoy por hoy estoy muy entretenido dibujando olas. ¿Cuántas olas tiene un océano?
Hay un laberinto cuyos muros son cortinas rojas de tercipelo, cortinas que no dejan de agitarse en medio del vendaval, vendaval que sólo agita las cortinas al caminar, caminar por sus corredores sin parar durante más de un año, año que en realidad es un siglo porque si me dentengo se detiene el vendaval y se detiene el tiempo, tiempo infinito, infinito laberinto, laberinto suave, suave amanecer, amanecer que por fin ha llegado, tras apartar los últimos muros de tercipelo.
Desde hoy viviré a las puertas del laberinto, con un ojo fuera y otro dentro, dibujando lo de fuera y lo de dentro. Los dos mundos tienen muchas cosas interesantes que dibujar.
Ahora tocaba dentro.
Sales de marcha con estos dos tipos, el del traje azul y el de rojo. Vas a un restaurante. Los tíos piden todo, cenan por todo lo alto. Tú pides lo más económico y ellos buscan los platos más caros de la carta y los mejores vinos. Tú bebes agua del grifo. Se ponen hasta la bandera y pagas tú. Recorreis mil bares, se beben hasta el agua de los floreros, tú te tomas un zumito. Pagas la cuenta. Se enfadan entre ellos, se pelean, separándoles te cae más de una torta. Les tienes que acompañar a casa porque no se tienen en pie.
Y no sabes por qué siempre te abstienes de tomar medidas al respecto,
te quedas en blanco,
te sientes nulo para eso.
Y como eres más alto, más listo y más guapo que ellos lo aceptas, en el fondo te dan lástima. Miras el amanecer rebosante de orgullo sabiendo que algún día las cosas cambiarán.
Pero hasta la fecha siempre te la lían, esto de ser digno cuesta un dineral y no lleva ningún sitio.
Mejor no abstenerse la próxima vez.
El pasado fin de semana,
saliste otra vez de juerga con esos dos borrachos, el rojo y el azul. Como siempre tú te abstuviste de tomar nada. Eso sí, pagaste todas las cuentas y todos los platos rotos, como siempre. Y de postre, sentado en un banco de la Puerta del Sol esperando a que abran el metro y aguantándoles mientras duermen la mona. ¿Hasta cuándo vas a aguantar?
Miras en un seto en el que alguien ha sembrado, en medio de la plaza... una coliflor ecológica. Pobre coliflor, entre la contaminación y la gente que pasa debe de estar tremenda, piensas. ¿A dónde voy yo con una coliflor ecológica y contaminada? y mientras, muy lejos, en Islandia, un volcán entra en erupción escupiendo millones de toneladas de humo. Quizás no os habéis dado cuenta, pero el humo de los volcanes es igual que una coliflor, pero del tamaño de un rascacielos. ¡Qué envidia me da, Islandia lanza sin parar millones de gigantescas coliflores al resto del mundo! ¿se dará cuenta la gente como yo lo veo ahora? ¿llegarán lejos, servirán de algo, o acabarán deshaciéndose sin más? y tu ahí aguantando a esos dos borrachos gorrones, con tu coliflor pisoteada. ¡Qué envidia te da Islandia!
En lo más profundo del armario, tras mucho buscar, por fin apareció la prenda que buscaba. La que llevé hace tantísimo tiempo y por tantísimo tiempo. Así se quedó y así me la encontré, así es ella y así se queda. Y como suele pasar, en un bolsillo por ahí perdido entre tantísimos pliegues y arrugas hay una cosa que no sé qué es pero que se quedó ahí hace tantísimo tiempo. Y la tengo que buscar porque la necesito. Y no sé por qué ni para qué. Tantísimas preguntas que se pierden entre tantísimas arrugas.
Hoy presentamos:
descubrir un nuevo océano. Tras una siesta, un sueñecito, un duermevela o un despiste. Tras un pronóstico metereológico de nieblas matinales y lluvia fina. Llegar al borde de este mundo y descubrir un océano. Abarrotado está este borde, lleno de recién levantados como tú, hipnotizados frente a la inmensidad y el horizonte.
Sólo os falta dar un salto y zambulliros, y no hay que pensárselo mucho que si nos os quedaréis en la orilla remojando los pies.
El sábado pasado por la noche:
Paseamos por el Canal Saint Martin de París. Tú y yo por la superficie, tú y yo abriéndonos camino por ese espejo de color verde que es la superficie del agua. Llevamos toda la tarde nadando, a veces buceando y salpicándonos de nuestras ideas, nuestras palabras y nuestros pensamientos. Más camino andado se convierte en más metros de profundidad, poco a poco nos hacemos dueños del nuevo medio acuático y verdoso.
Mi imagen preferida de esa noche, desde el fondo del Canal Saint Martin, por fin tú y yo contemplándonos paseando por la superficie.